Después de los últimos artículos sobre China —más técnicos, más densos, probablemente también más aburridos— apetece cambiar un poco el registro. Quizá sea un tema menos importante, pero es de esos asuntos que se entienden casi solos y dejan una sensación incómoda.

En las últimas semanas hemos visto cómo el mercado se mueve con violencia a golpe de declaración. Una frase de un político, un comentario en una rueda de prensa o una filtración interesada pueden hacer subir o bajar sectores enteros en cuestión de horas. Esa volatilidad, que para muchos inversores es desconcertante, para otros es una oportunidad extraordinaria. Y ahí aparece la sospecha que cada cierto tiempo vuelve a escena: si hay movimientos tan bruscos y tan ligados a decisiones políticas, ¿hay alguien posicionándose antes de que esas decisiones se hagan públicas? Creo que todos intuimos la respuesta.

Cuando uno es presidente de Estados Unidos y sabe que cada cosa que dice mueve el mercado, es tentador diseñar una estrategia para beneficiarse de estos movimientos. Probablemente no tanto él directamente, sino su entorno.

Recuerdo que cuando trabajaba en la mesa de tesorería de Deutsche Bank en Frankfurt, no yo, pero sí algunos compañeros, recibían órdenes de comprar determinados valores en un periodo corto de tiempo. Cuando esto ocurría en activos poco líquidos, el simple hecho de ejecutar esas órdenes provocaba subidas de precio o, al menos, evitaba caídas. Y eso, para quien entienda mínimamente la operativa con derivados, puede suponer ganar miles de euros si conoce esa información con antelación.

Pero no quiero hablarte ni de Trump ni de mi experiencia, sino de Nancy Pelosi. Durante años ha sido una de las figuras más influyentes dentro del poder legislativo estadounidense, con acceso directo a información, negociaciones y decisiones que afectan de forma clara a determinados sectores económicos. Sin embargo, el foco no está tanto en ella como en su marido, Paul Pelosi, un inversor activo cuya trayectoria ha llamado la atención por el acierto de algunas de sus operaciones.

El problema no es que haya ganado dinero. En los mercados hay inversores que aciertan, y algunos lo hacen de forma consistente. Lo que ha generado debate es el patrón temporal de esas operaciones. En varias ocasiones, las inversiones se han producido poco antes de movimientos regulatorios o decisiones políticas que han beneficiado directamente a los activos en los que estaba posicionado.

Uno de los casos más comentados fue la compra de opciones sobre Nvidia en 2022. Poco después, el Congreso estadounidense avanzó en la aprobación de ayudas multimillonarias al sector de los semiconductores, lo que impulsó con fuerza a las compañías del sector. Nvidia fue una de las principales beneficiadas. No es un caso aislado. En 2021, también realizaron operaciones sobre Microsoft en un momento en el que la compañía estaba bien posicionada para obtener contratos relevantes con el gobierno, especialmente en áreas como el cloud y la defensa. Otro ejemplo recurrente es la exposición a Tesla en fases previas al impulso político y regulatorio a los vehículos eléctricos, con incentivos y subvenciones que acabaron apoyando al conjunto del sector.

Ninguno de estos casos, por sí mismo, prueba nada. El mercado está lleno de coincidencias y de decisiones acertadas. Sin embargo, cuando esas coincidencias empiezan a repetirse en contextos similares, la percepción cambia. No se trata de afirmar que exista un uso ilegal de información, sino de reconocer que el patrón resulta, como mínimo, llamativo. Y eso es suficiente para que el debate se abra.

Desde el punto de vista legal, la situación es clara en teoría. En Estados Unidos existe la STOCK Act, que prohíbe a los miembros del Congreso utilizar información privilegiada obtenida en el ejercicio de su cargo para realizar inversiones. El problema no está en la norma, sino en su aplicación. Demostrar que una operación concreta se basa en información no pública es extremadamente difícil. No basta con observar un buen timing; es necesario acreditar que existía información relevante, que esa información no era accesible al público y que fue utilizada de forma directa para tomar la decisión de inversión. En la práctica, esto convierte la mayoría de estos casos en situaciones difíciles de perseguir desde el punto de vista legal.

Pero que sean difíciles de perseguir no impide que el propio mercado haya intentado convertir este fenómeno en producto. Un ejemplo es el ETF NANC, que trata de capturar el comportamiento inversor de determinados políticos. A primera vista, podría parecer una estrategia de “copy trading”, pero en realidad no funciona así. Los políticos están obligados a declarar sus inversiones, pero el plazo para hacerlo puede extenderse hasta 45 días. Eso significa que cuando el mercado conoce la información, el movimiento ya se ha producido. Desde el punto de vista del inversor, esto elimina cualquier posibilidad de replicar las operaciones en tiempo real, aunque no elimina el interés por analizarlas.

Precisamente por eso, este tipo de producto no intenta replicar operaciones concretas, sino algo más amplio. Analiza patrones agregados y construye una cartera que refleja la exposición a determinados sectores que, de forma recurrente, aparecen en las inversiones de los políticos.

Y aquí es donde aparece la idea realmente interesante. La posible ventaja no está en saber si una acción concreta va a subir mañana, sino en entender hacia dónde se dirige la regulación. Los responsables políticos no pueden anticipar el comportamiento del mercado en el corto plazo, pero sí participan en decisiones que afectan al flujo de capital hacia determinados sectores. Subvenciones, incentivos fiscales, cambios regulatorios o contratos públicos son factores que pueden influir en la evolución de una industria durante meses o incluso años.

Por eso, la tesis de este ETF es que, aunque el inversor medio llegue tarde a la información concreta, puede no llegar tarde al movimiento de fondo. Para comprobar si esto tiene sentido, lo mejor es observar su comportamiento.

En el siguiente gráfico tenemos la gráfica del ETF comparado con el S&P 500 en azul.

Lo primero que llama la atención del gráfico es que no estamos ante una diferencia marginal. No es un “lo hace parecido” o un “en algunos momentos lo hace mejor”. Lo que se observa es que, en el periodo analizado, este ETF ha sido capaz de superar al S&P 500 de forma bastante consistente. Y eso, viniendo de una estrategia basada en información que llega con retraso, ya de por sí resulta llamativo.

Ahora bien, esto no debe interpretarse como una prueba de que exista un uso sistemático de información privilegiada ni como una invitación a copiar este tipo de estrategias. Lo que sí parece reflejar es algo más sutil: cuando se agregan muchas decisiones que comparten un mismo contexto —en este caso, el entorno político y regulatorio— emerge una dirección común que el mercado termina reconociendo.

Dicho de otra forma, puede que el inversor llegue tarde al dato concreto, pero no necesariamente llega tarde al ciclo que ese dato pone en marcha. Las políticas públicas no tienen un impacto instantáneo y efímero; suelen desplegarse en el tiempo, canalizando capital hacia determinados sectores durante meses o incluso años. Y es precisamente ese desplazamiento de fondo el que este tipo de ETF parece estar capturando.

Por eso, más que ver aquí una ventaja de timing, lo que probablemente estamos viendo es una ventaja de posicionamiento. No se trata de acertar el día exacto, sino de estar en el sitio adecuado cuando el flujo de dinero empieza a moverse en una dirección determinada. Y, a juzgar por el gráfico, en algunos periodos eso ha sido suficiente para batir al mercado.

Para concluir:

Más allá de nombres concretos, el debate de fondo es más amplio. El sistema permite que quienes toman decisiones que afectan directamente al mercado participen en ese mismo mercado. Esto no implica necesariamente que exista un comportamiento ilegal, pero sí genera una percepción de conflicto de interés que resulta difícil de ignorar. La alternativa —prohibir completamente la participación en los mercados financieros— también tiene implicaciones complejas, por lo que la solución no es fácil.

Este tipo de situaciones suelen reforzar una idea incómoda: el mercado no es un terreno completamente igual para todos. Siempre ha habido participantes con más información, más recursos o mejores conexiones. La conclusión para los inversores que no disponemos de esta información no debería ser intentar competir en ese terreno, sino construir un sistema que no dependa de tener ventaja informativa, sino de aplicar reglas claras, gestionar el riesgo y entender las probabilidades.

Porque, al final, la diferencia no está en acertar más veces en el corto plazo, sino en jugar un juego donde las probabilidades estén a tu favor.

Y ese juego no consiste en adivinar lo que otros saben, sino en aplicar un método que funcione incluso cuando no sabes nada más que lo que el precio ya está diciendo.

Eso es exactamente lo que hacemos en nuestro grupo privado de inversión MDI: trabajar con reglas claras, sin depender de opiniones, y abierto a cualquiera que quiera aprender a invertir con criterio.

Hasta la semana que viene.