Cada vez que la bolsa marca máximos históricos, ocurre lo mismo. Empiezan las dudas, aparece la sensación de haber llegado tarde y mucha gente me hace exactamente la misma pregunta: “¿Tiene sentido entrar ahora o esto está demasiado caro?”.
Es una reacción completamente normal. Psicológicamente, comprar algo que está en máximos produce incomodidad. Parece que uno llega justo cuando ya ha subido todo y que el siguiente movimiento lógico debería ser una caída. De hecho, mucha gente asocia automáticamente “máximos históricos” con peligro, como si el simple hecho de estar arriba fuera una señal negativa.
Sin embargo, cuando uno mira cómo se comporta realmente la bolsa a largo plazo, descubre algo bastante curioso: los máximos históricos no suelen ser el final del movimiento, sino parte natural del propio movimiento alcista.
Y esto es importante entenderlo.
Porque un mercado fuerte no hace un máximo histórico y se detiene para siempre. Lo habitual es justamente lo contrario: hace un máximo, luego otro, luego otro más. Los mercados alcistas viven en subida libre gran parte del tiempo. De hecho, el S&P 500 ha marcado máximos históricos constantemente a lo largo de su historia. No es un evento excepcional. Es algo normal en una economía que, con el paso del tiempo, sigue creciendo, generando beneficios y aumentando productividad.
Pero lo que tienen de particular estos máximos históricos es que se están produciendo en un entorno donde el pesimismo sigue muy presente.
Hace apenas un mes parecía que el mercado se rompía. Tuvimos tensión geopolítica, miedo, titulares alarmistas y una caída cercana al 10%. Pero mientras mucha gente esperaba una continuación bajista, convencida de que la bolsa tenía que seguir cayendo ante la dimensión del conflicto, el mercado hizo exactamente lo contrario: recuperó todo el terreno perdido en apenas unas semanas y volvió a máximos históricos con una velocidad sorprendente.
Hay una especie de desconexión entre lo que siente la gente y lo que hace la bolsa. El consumidor percibe que todo sigue caro, que los problemas derivados del conflicto no han desaparecido y que, aunque los índices hayan recuperado, muchas materias primas siguen lejos de los niveles previos a la crisis. Desde esa lógica, la bolsa no debería estar subiendo.
En el artículo anterior poníamos el gráfico del sentimiento del consumidor que se encontraba en mínimos históricos. ¿Cómo puede la bolsa subir con un pesimismo equivalente al de una recesión? Se preguntan.
Esta es una buena lección para el inversor: las subidas más fuertes suelen producirse cuando el entorno todavía parece incómodo. El mercado no espera a que todo esté claro para subir. Cuando las dudas desaparecen, muchas veces la mayor parte del movimiento ya ha ocurrido.
La gente quiere que la bolsa reaccione al presente, pero la bolsa vive constantemente intentando anticipar el futuro. Por eso esperar a que la situación mejore para confiar en la subida es un error.
En vez de pretender que la bolsa sea racional o se comporte como debería, a mí me gusta más analizar lo que ha pasado históricamente cuando se produce un hecho. Hemos tenido una subida en el sp500 de casi el 12% en 3 semanas. En la tabla la situamos frente a otras revalorizaciones similares y observamos lo que hizo el mercado posteriormente.

Lo interesante es que, históricamente, después de movimientos tan fuertes como este, el mercado ha tendido a seguir subiendo en la mayoría de ocasiones y en prácticamente todos los plazos analizados. ¿Tiene que pasar de nuevo? No necesariamente, pero a mí me da más confianza observar cómo ha reaccionado históricamente el mercado que intentar adivinar lo que debería hacer en base a mis sensaciones.
Cuando uno analiza históricamente los grandes rebotes del mercado, descubre algo interesante: los periodos de fuerte subida suelen venir acompañados posteriormente de rentabilidades bastante buenas en los años siguientes. No siempre, evidentemente. Esto no garantiza nada. Pero sí desmonta bastante la idea de que un rebote fuerte o unos máximos históricos sean automáticamente señales negativas.
La razón de fondo es bastante lógica. La fortaleza tiende a atraer más fortaleza. Cuando el mercado sube con intensidad, el dinero vuelve a entrar, los gestores que estaban infraponderados se ven obligados a comprar, el sentimiento mejora y el momentum se alimenta a sí mismo.
Eso no significa que no vaya a haber correcciones. Las habrá. Siempre las hay. Pero una corrección dentro de una tendencia alcista no es lo mismo que un mercado bajista estructural.
Y aquí llegamos probablemente a la idea más importante de todas y que nos sirve de conclusión.
Los máximos históricos no son una anomalía en bolsa. Son la consecuencia natural de un activo que lleva más de cien años creciendo junto a la economía y los beneficios empresariales. De hecho, históricamente el mercado ha ofrecido rentabilidades ligeramente superiores después de marcar máximos históricos que en periodos aleatorios.

Esto rompe bastante con una de las ideas más extendidas entre inversores particulares: pensar que “esperar una caída” siempre reduce el riesgo.
Porque muchas veces lo que termina ocurriendo es algo muy distinto. El inversor espera una corrección que no llega, el mercado sigue subiendo, cada vez le parece más caro entrar y acaba atrapado en una especie de parálisis permanente viendo cómo los precios se alejan.
Aquí influyen seguramente esos videos que circulan por internet anunciando que el apocalipsis zombie se aproxima.
Y mientras tanto, la bolsa sigue haciendo lo que lleva haciendo toda la vida: alternar miedo, correcciones y nuevos máximos históricos.
Por supuesto, todo esto no significa que haya que comprar cualquier cosa a cualquier precio ni asumir más riesgo del que uno puede soportar. La clave nunca está en adivinar si mañana habrá una corrección. La clave está en tener una estrategia coherente con el horizonte temporal y el perfil de cada uno.
Porque al final, el verdadero problema de muchos inversores no es comprar en máximos históricos, es quedarse fuera esperando el momento perfecto que nunca termina de llegar.