El oro no sube porque sí. Sube cuando los Estados dejan de confiar unos en otros, y cuando dejan de confiar en su propio dinero.

Hoy están ocurriendo ambas cosas a la vez.

Resumen: • La historia muestra una relación milenaria entre gasto militar y oro. • La década de 1970 añade otra pieza: el oro protege frente a la incertidumbre monetaria. • En 2025 confluyen rearme geopolítico y debasement fiscal. • Por eso los bancos centrales acumulan oro; no para ganar, sino para sobrevivir.


En los últimos meses se ha vuelto casi un tópico decir que “el oro sube porque hay incertidumbre”. Suena razonable, pero también suena vacío. Incertidumbre siempre hay: crisis políticas, guerras lejanas, bancos centrales nerviosos, tipos que suben y bajan. Sin contexto, esa frase explica poco. La realidad histórica es más incómoda y más interesante: cuando los Estados se preparan para la guerra, abierta o soterrada, el oro deja de ser una reliquia y vuelve a ocupar su papel original, el de combustible financiero de los conflictos.

Esa relación entre gasto militar y oro no nació con la OTAN ni con la Guerra Fría. Es casi tan vieja como la moneda metálica. En el siglo VI a.C., en el reino de Lidia, comenzaron a circular unas piezas hechas con una aleación de oro y plata conocida como “electrum”. Aquello era un avance respecto al trueque, pero tenía un problema importante: nadie sabía muy bien cuánta proporción de oro había en cada moneda. Para hacer negocios dentro del reino podía valer, pero para comprar algo verdaderamente escaso y valioso —mano de obra militar cualificada, mercenarios extranjeros, armas— hacía falta algo mejor.

Un siglo y medio después, el rey Creso tomó una decisión que hoy llamaríamos “innovación monetaria” y que en realidad fue una innovación bélica: fundir la plata de esas monedas mixtas y acuñar piezas de oro prácticamente puro, de peso estandarizado, reconocibles más allá de sus fronteras. No lo hizo para quedar bien con los orfebres, sino para poder pagar a los mejores soldados disponibles en el mercado. Desde entonces, una parte de la historia monetaria es, en el fondo, historia de cómo los Estados buscan oro para financiar guerras, reales o potenciales.

Durante siglos, la principal fuente de déficit externo de los reinos no eran las importaciones de lujo, sino los conflictos. La contratación de tropas y armamento en el extranjero generaba un desequilibrio que no se podía liquidar en la moneda local, porque esa moneda no significaba nada fuera de sus fronteras. Se necesitaba un activo aceptado internacionalmente, una “moneda con prueba de trabajo”, como diríamos hoy. Oro y plata cumplían esa función. Cuando hoy vemos a un banco central aumentar sus reservas de oro, no estamos tan lejos de ese esquema primitivo: sigue siendo la forma más básica de decir al exterior “podemos pagar, incluso si nadie quiere nuestros billetes”.

Si damos un salto rápido a la segunda mitad del siglo XX y comparamos el gasto militar global con la evolución del precio del oro, la imagen es llamativa. Diversos analistas han documentado que, si se suavizan las series con medias móviles de varios años, los grandes movimientos del oro tienden a acompañar los periodos de aumento del gasto en defensa. La elasticidad no es uno a uno: el metal se mueve, de media, más que los presupuestos militares. Dicho de otra forma, cuando los Estados se arman, el oro tiende a descontar algo más que el simple incremento de gasto; descuenta la percepción agregada de riesgo sistémico.

El ejemplo de Polonia en estos últimos años ilustra bien el mecanismo. Desde la invasión de Ucrania, el país ha acelerado de forma drástica sus planes de rearme y, en paralelo, ha protagonizado uno de los episodios de acumulación de oro más intensos entre los bancos centrales. No es casualidad: es una economía fronteriza con Rusia, expuesta al riesgo de que un conflicto regional mal gestionado se convierta en algo mayor. Cuando un gobierno mira a su alrededor y ve tanques, artillería y bases de misiles, es natural que mire también al sótano del banco central y se pregunte cuántas toneladas de metal amarillo hay allí abajo.

Hasta aquí, la historia encaja bien con la intuición: más inseguridad geopolítica, más gasto militar, más interés por el oro. Pero si nos quedáramos ahí, la película estaría incompleta. Hay un periodo que no rompe la relación, sino que la exagera y revela un segundo motor: la década de 1970. Entre 1971 y 1980 el oro se multiplicó varias veces, muchísimo más de lo que justificaría cualquier aumento del gasto defensivo. Lo que cambió en esos años no fue tanto el número de tanques, sino la naturaleza del dinero.

En 1971 Estados Unidos rompió unilateralmente el vínculo entre el dólar y el oro. El sistema de Bretton Woods, que había prometido durante décadas convertir dólares en metal a una tasa fija, dejó de ser creíble y terminó de facto. A partir de entonces, el oro quedó liberado para cotizar en un mercado relativamente libre y las principales divisas pasaron a ser “papel fiduciario puro”, respaldado por la confianza en los emisores, pero no por un activo físico convertible. Los años siguientes combinaron inflación elevada, tensiones energéticas, shocks de oferta y una enorme incertidumbre sobre el valor real de las monedas. En ese entorno, el oro se comportó no solo como refugio ante el riesgo bélico, sino como seguro frente a la erosión monetaria.

Italia es un buen ejemplo de cómo un país puede utilizar el oro como ancla de credibilidad en ese contexto. Tras la Segunda Guerra Mundial, el país acumuló reservas de forma decidida, aprovechando superávits comerciales, ayudas del Plan Marshall y una estrategia deliberada de reforzar la lira respaldándola con metal. En ciertos círculos se llegó a resumir la lógica con una frase muy gráfica: la divisa “vive o muere” por lo que hay en el sótano del banco central. En los años setenta, mientras el sistema monetario internacional se reconfiguraba y el dólar perdía su convertibilidad, Italia consolidó una de las mayores reservas de oro del mundo, que todavía hoy mantiene.

Ese periodo nos deja dos lecciones relevantes para el debate actual. Primera: los funcionarios, incluso los de alto nivel, subestiman sistemáticamente la capacidad del oro para ejercer de válvula de escape cuando aumenta la desconfianza en las monedas. Hubo informes oficiales que proyectaban precios relativamente estables tras la ruptura de Bretton Woods; la realidad fue un mercado explosivo, con el oro multiplicando varias veces su cotización. Segunda: el oro no es solo una cobertura frente a la guerra. Es, sobre todo, la última línea de defensa de un Estado cuando la confianza en su deuda y en su divisa empiezan a resquebrajarse.

Si traemos todo esto al presente, el paralelismo es inquietante. Por un lado, estamos asistiendo al mayor proceso de rearme en el mundo desarrollado desde finales de la Guerra Fría. El gasto en defensa vuelve a ser prioridad en Europa, la OTAN exige niveles de inversión que llevaban años incumpliéndose, Japón ha cambiado su tradicional postura pacifista, Estados Unidos reorienta su estrategia hacia la competencia entre potencias y el mapa de alianzas es mucho más frágil que hace dos décadas. Es la vuelta de la incertidumbre “cinética”: misiles, fronteras disputadas, guerras por delegación.

Por otro lado, la situación monetaria y fiscal es, como mínimo, delicada. Llevamos más de una década de tipos cero o negativos primero, subidas bruscas después, balances de bancos centrales inflados por las políticas de expansión cuantitativa y niveles de deuda pública que en muchos países serían considerados impensables hace treinta años. Se habla abiertamente de devaluar de forma ordenada las obligaciones reales del Estado a través de la inflación, los tipos reales negativos o un cóctel de ambas cosas. Es la incertidumbre “monetaria”: no tanto la duda de si el Estado pagará, sino en qué moneda real y con qué poder adquisitivo.

Cuando se combinan estos dos vectores, geopolítico y monetario, no estamos en un entorno “normal” para el oro. Estamos en algo más parecido a una superposición de los años 70 con una mini Guerra Fría multipolar. Los Estados compran armas porque no se fían unos de otros y compran oro porque tampoco se fían del todo de un sistema monetario basado exclusivamente en promesas de pago en papel. Desde ese ángulo, la escalada del oro deja de parecer un movimiento “irracional” de mercado para convertirse en un reflejo bastante lógico de cómo se están reposicionando los actores soberanos.

¿Y qué pinta aquí el inversor de a pie? La reacción habitual cuando se habla de oro es reducir el debate a “me gusta/no me gusta” o a discusiones sobre si paga dividendos, si es un metal improductivo o si ha perdido su papel en la era de los activos digitales. Es comprensible, porque el oro no encaja bien en el esquema mental clásico de la cartera: no es una empresa que genere beneficios, no es un bono que pague un cupón y no es liquidez remunerada. Pero precisamente por eso interesa entender qué función cumple realmente.

Para un Estado, el oro no es una inversión en búsqueda de rentabilidad, es un seguro extremo contra escenarios en los que lo demás deja de ser fiable. Un bono puede sufrir reestructuraciones, una divisa puede devaluarse, un activo financiero puede verse sometido a sanciones o congelaciones. El lingote guardado en la cámara —y bien localizado jurídicamente— representa algo más primario: la posibilidad de seguir importando energía, alimentos o armamento cuando nadie quiere tu papel.

Para un ahorrador o un inversor, el oro puede jugar un papel más humilde pero no menos útil: diversificar el riesgo de que tu patrimonio dependa al cien por cien de la estabilidad de las monedas y de los mercados financieros tal y como los conocemos hoy. No se trata de sustituir una cartera de activos productivos por lingotes, ni de apostar a un colapso inminente del sistema, sino de reconocer que el mismo movimiento que hacen los Estados cuando se sienten vulnerables —aumentar sus reservas de activos “duros”— tiene sentido a escala doméstica, en pequeña proporción y con expectativas realistas.

No conviene idealizar el oro. Puede pasar años estancado, puede corregir con intensidad, no genera rendimientos por sí mismo y es un activo incómodo logísticamente si se posee en formato físico. Tampoco es la respuesta a todas las preguntas, igual que no lo es la renta variable, la deuda o el inmobiliario por separado. Lo importante no es convertir el oro en una religión, sino entender que su comportamiento no se explica por una variable simple, sino por algo más complejo: la combinación de tensiones geopolíticas, dudas monetarias y decisiones estratégicas de los Estados.

La correlación histórica entre gasto militar y precio del oro, matizada por episodios como el de los años 70, apunta precisamente en esa dirección. Cuando los gobiernos dedican más recursos a prepararse para conflictos y al mismo tiempo se apoyan en políticas monetarias y fiscales cada vez más agresivas, la demanda de un activo que no depende de la promesa de nadie tiende a aumentar. Podemos debatir cuánto recorrido tiene el precio, cuál es el punto de entrada o qué peso tiene sentido en una cartera. Lo que resulta más difícil de discutir es la lógica que hay detrás de los movimientos de los bancos centrales: si ellos ven valor en aumentar su “última línea de defensa”, quizá no sea prudente ignorar completamente esa señal.

En el fondo, la pregunta no es si el oro va a subir X o Y en los próximos meses. La pregunta de fondo es otra: ¿qué haces tú cuando ves que los Estados se comportan como si el futuro fuera más incierto de lo que reconocen en sus discursos? Ellos responden con más presupuesto en defensa y más toneladas de metal en el sótano. Nosotros, como inversores, no tenemos tanques ni cámaras acorazadas, pero sí podemos decidir qué porcentaje de nuestro patrimonio depende exclusivamente de que todo siga funcionando como hasta ahora y qué parte queremos anclar a cosas que han sobrevivido a cambios de régimen, de sistema monetario y de modelo económico.

Cuando los Estados se arman, el mensaje no es solo militar. También es financiero. Te están diciendo, sin decirlo, que no dan por descontado un mundo estable y previsible. El oro es una de las formas en las que ellos se protegen de ese reconocimiento. La cuestión es si tú prefieres seguir pensando que todo esto no va contigo o prefieres entender por qué el metal que muchos dieron por muerto hace décadas vuelve a estar en el centro del tablero.